En Abeela empezamos por lo primero de todo: el nombre.
Naming y desarrollo de identidad corporativa. Es decir, el proyecto entero desde el punto en el que todavía no hay nada que diseñar.
Abeela produce miel. Y en un sector donde casi todas las marcas se llaman «Miel de» algo, empezar por el nombre no era un capricho: era la primera oportunidad de no parecerse a nadie.
Por qué el naming se subestima
Parece la parte creativa y divertida, y es la más restringida de todas.
Un nombre tiene que superar una lista de filtros que no perdonan:
- Que se entienda al oírlo por teléfono y se escriba bien a la primera.
- Que el dominio esté libre, o al menos uno razonable.
- Que no choque con una marca registrada del mismo sector.
- Que no signifique una tontería en otro idioma si algún día se sale fuera.
- Que aguante el crecimiento: un nombre demasiado descriptivo encierra a la empresa en lo que vende hoy.
La mayoría de los nombres bonitos caen en alguno de esos filtros. El trabajo es encontrar el que los pasa todos y además le gusta a quien va a decirlo cada día durante diez años.
Y después, la identidad
Con el nombre en pie se construye lo demás: logotipo, sistema visual, tono y aplicaciones.
Hacerlo en el mismo proyecto tiene una ventaja que se pierde cuando se separa: el nombre y la imagen se diseñan escuchándose. Un nombre corto pide una cosa; uno largo, otra. Un nombre que ya sugiere una imagen no necesita que el logotipo la repita.
Cuando el naming lo hace uno y la identidad otro seis meses después, casi siempre se nota: la marca parece dos decisiones pegadas en lugar de una.
Lo que se lleva de aquí quien está montando algo
Si estás lanzando una marca, el nombre no es la parte creativa del proyecto: es la primera decisión estratégica, y la más cara de cambiar después.
Todo lo demás —logotipo, web, etiquetas, redes— se puede rehacer. El nombre, cuando ya te conocen por él, no.